Evangelio de Marcos - Capítulo 10
[1] Después que partió de allí, Jesús fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Se reunió nuevamente la multitud alrededor de él y, como de costumbre, les estuvo enseñando una vez más. [2] Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?». [3] El les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?». [4] Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella». [5] Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. [6] Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. [7] Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, [8] y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. [9] Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». [10] Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre ésto. [11] Él les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; [12] y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio». [13] Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. [14] Al ver ésto, Jesús se enojó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. [15] Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». [16] Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos. [17] Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?». [18] Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. [19] Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». [20] El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». [21] Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». [22] Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes. [23] Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!». [24] Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! [25] Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». [26] Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». [27] Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible». [28] Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». [29] Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, [30] desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna. [31] Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros». [32] Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: [33] «Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: [34] ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará». [35] Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». [36] Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». [37] Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». [38] Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». [39] «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. [40] En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados». [41] Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. [42] Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. [43] Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; [44] y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. [45] Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud». [46] Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. [47] Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». [48] Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». [49] Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». [50] Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. [51] Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». [52] Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Enseguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
¡Bendiciones!