Evangelio de Marcos - Capítulo 5


[1] Llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. [2] Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro. [3] Él habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. [4] Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarlo. [5] Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras. [6] Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, [7] gritando con fuerza: «¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!». [8] Porque Jesús le había dicho: «¡Sal de este hombre, espíritu impuro!». [9] Después le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él respondió: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». [10] Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región. [11] Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. [12] Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: «Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos». [13] Él se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara -unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó. [14] Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido. [15] Cuando llegaron a donde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor. [16] Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos. [17] Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio. [18] En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. [19] Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti». [20] El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados. [21] Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. [22] Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, [23] rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva». [24] Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. [25] Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. [26] Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. [27] Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, [28] porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada». [29] Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. [30] Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?». [31] Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?». [32] Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. [33] Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. [34] Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad». [35] Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?». [36] Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». [37] Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, [38] fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. [39] Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». [40] Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. [41] La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!». [42] Enseguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, [43] y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.

¡Bendiciones!


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